jueves, 29 de julio de 2010

Calificaciones definitivas Literatura general Sección 21114. Cabimas PPD

Acá presentamos las calificaciones definitivas durante I-2010 de los estudiantes inscritos en la sección 21114 de Literatura General (PPD-Cabimas)

domingo, 18 de julio de 2010

La zarpa. José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco (1)
La Zarpa (*)

Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía... Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir, ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…

Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá...

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo... Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar... Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: "Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable".

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: "Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes".

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden...

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.

Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos...

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas…
Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.

(1) narrador y poeta mexicano nacido en 1939.

(*) Cuento extraído de Pacheco, José Emilio (1979). El principio del placer. 3era edición. México: Editorial Joaquín Mortiz.

Marina Colasanti. Sin alas, no obstante

Sin alas, no obstante (*)
Marina Colasanti
(escritora brasileña nacida en Etiopía)

Dura aldea era aquélla, donde a las mujeres les estaba vedado comer carne de ave: no fuera que las alas se les subiesen al pensamiento. Dura aldea era aquélla donde, a pesar de la prohibición, al regreso de la cacería y sin haber podido cobrar otra pieza, el marido le entregó a su mujer un ave, para que la preparara debidamente y fuera esa noche el alimento de los dos.

Y así lo hizo la mujer, hundiendo los dedos en las plumas todavía brillantes, arrancándolas a puñados, y entregando al agua y al fuego aquel cuerpo ahora muerto, que no al fuego ni al agua, sino al aire y a la tierra había pertenecido.

Si deteniendo su labor un instante hubiera puesto sus ojos en la ventana, habría podido ver una bandada de aquellas mismas aves, volando hacia el sur. Pero ella sólo miraba las cosas cuando le era preciso mirarlas. Y como no necesitaba mirar el cielo no irguió la cabeza.

Cocida la carne del ave, se dio gusto engullendo las presas casi sin masticarlas, clavó los dientes en los huesos, chupó el tuétano. El marido no. Le repugnó aquella carne tan oscura. Se limitó pues a mojar el pan en el caldo, maldiciendo su escasa suerte de cazador.

Después de unos cuantos días, la mujer ni recordaba ya su insólito banquete. Otras carnes muy diferentes se asaban y freían en la cocina de su casa, una cocina que era por sí sola buena parte de la casa.

Pero una nueva inquietud empezó a asaltarla. Interrumpía de pronto sus quehaceres, algo que nunca antes hiciera. Breves pausas, casi nada. Un alzar el rostro, un vibrar de pestañas. Una especie de alerta. Respuesta del cuerpo a algún llamado que a duras penas oía. La aguja quedaba detenida en el aire, la cuchara suspensa sobre la olla, las manos hundidas en la tina. Y la cabeza, cabeza que ahora se movía con la finura que sólo un cuello más largo podría darle, parecía atravesar el aire.

Ahora, la mujer fijaba sus ojos en cosas que no necesitaba. Y miraba como si las necesitara.

Sólo por instantes, al principio. Luego, un poco más.

Sin darse prisas, miró primero al frente. Al frente de ella. Y al frente de lo que tenía frente a ella. Durante un tiempo posando la mirada en los muebles, en los pocos muebles de la casa y en los objetos que había sobre los muebles. Después, volando sobre los objetos, traspasando las paredes, miró a lo lejos en línea recta. Qué veía, no lo decía. Miraba, agitaba con un gesto suave la cabeza. Y volvía a bajarla. La aguja se posaba, la cuchara revolvía la olla, las manos se hundían en la tina.

Tal vez llevada por aquel breve sacudir de cabeza, comenzó a mirar a los lados. Miraba al lado izquierdo, hacía una pausa, inmóvil. Y luego, súbitamente, giraba hacia el lado derecho.

Nadie le preguntaba qué estaba mirando. La única mirada suya que parecía importar a los otros era la antigua, aquella del tiempo en que sólo miraba lo que era necesario.

Y así, un buen día, esa mujer a quien nadie miraba miró el cielo. Sin que hubiera llovido, o fuera a llover. Sin que lo surcaran relámpagos. Sin que hubiera incluso nubes o el tiempo fuese a cambiar, ella miró el cielo.

Qué fino y delicado se tornaba su cuello ahora que lo movía, grácil, como si guiara la cabeza en sus búsquedas. Era un cuello pálido, protegido de la luz por tantos años de cabeza baja. Y sobre ese cuello la cabeza parecía extenderse, mirando hacia arriba, con la misma recta intensidad con que había comenzado antes a ver muebles y paredes.

Miraba pues hacia lo alto, cuando una bandada de aves pasó sobre la casa, rumbo al sur.

Hacía mucho que las hojas se habían vestido de cobre, el suelo empezaba a hacerse duro con el frío. Y las aves de carne oscura seguían en dirección al sol.

De pie, la mujer miraba. Y así continuó hasta que las aves se perdieron en la distancia.

El viento batía los largos faldones de su saya, agitaba las alas rayadas de su chal. No, ella no voló. ¿Cómo podría? Salió caminando, apenas. Oscura como la tarde, acompañando su propio mirar, marchó hacia el frente, siempre hacia el frente, rumbo al sur.

(*) Texto extraído de Colasanti, Marina (2005). Lejos como mi querer. Bogotá, Colombia: Grupo Editorial Norma.