domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Lee used Literatura? (*)

Reflexión

¿Lee usted literatura?


Gisela Kozak Rovero indaga en algunas de las condiciones que enfrentan los potenciales o reales lectores, propias de un universo que se debate entre la galaxia Gutenberg y la galaxia electrónica. En un mundo donde la literatura ha perdido peso y ha sido desplazada por los medios audiovisuales, la supervivencia de la escritura depende de que sea vista "como una posibilidad alternativa de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo y no como una
obligación", concluye la escritora



Es un lugar común interrogarse por las circunstancias actuales de la lectura en general y de la lectura de literatura en particular. Universidades, organismos educativos públicos y privados, instituciones nacionales e internacionales, expertos en la materia, editores, escritores y lectores coinciden: la literatura ha perdido peso incluso en las llamadas élites de la sociedad, cuyas necesidades de ficción, imágenes y referencias comunes parecen ser mejor cubiertas por otro tipo de discurso. Mis alumnos de la Escuela de Letras son más audiovisuales que literarios; es más sencillo, en ocasiones, hallar un espacio de diálogo a través de las películas o, incluso, de los "comics" japoneses y las telenovelas, que a través de poetas, narradores, ensayistas o dramaturgos. Mi intención en estas páginas es esbozar algunas de las condiciones que enfrentan los potenciales o reales lectores, propias de un universo que se debate entre la galaxia Gutenberg y la galaxia electrónica. Esas condiciones -políticas, culturales, tecnológicas, históricas- pueden explicar, en parte, la pérdida de importancia de la literatura, sin caer en una posición catastrófica acerca del hecho de escribirla, enseñarla, estudiarla o leerla.
Comencemos con los aspectos políticos e históricos. La literatura en América Latina ha tenido que enfrentar la debacle de las grandes utopías letradas de nuestra modernidad, cuya última manifestación poderosamente internacional fue la de las polémicas intelectuales alrededor del destino de América Latina en los años sesenta. La literatura era llamada a construir la sociedad del futuro, en la que los genios de la literatura universal serían parte de la cotidianidad del pueblo liberado de las garras de los poderes de la reacción (no en balde, el primer libro que editó oficialmente la Revolución Cubana fue Don Quijote). Las posiciones de los escritores a favor o en contra de esta abierta politización de la literatura sustentaron uno de los mejores momentos de la escritura del continente a lo largo de su historia.

Décadas después, los latinoamericanos nos encontramos en democracias descalabradas por la pobreza y el enfrentamiento político. Las utopías cayeron y -como diría Jesús Martín Barbero en su definición sobre la cultura- nuestras maneras de percibir, entender, dar forma a nuestro mundo han sufrido los embates de la globalización económica, política y mediática. Ya la literatura no es vista en tanto representación privilegiada de la identidad nacional, como en el siglo XIX o en las primeras décadas del siglo XX, ni tampoco en su carácter de estrategia frente a la alienación colectiva propiciada por la cultura de masas (enfoque muy difundido en los años sesenta, en los que todavía la televisión no había cumplido ni quince años). Eso que se llamó identidad nacional tiene que vérselas como un mundo cada vez más cambiante en el que el espacio público y la palabra impresa ven mermada su importancia frente a la televisión o Internet. El imaginario de los medios propugna identidades móviles, sin mayor sentido del pasado y de la historia, cuya pertenencia a un colectivo está marcada por influencias internacionales, tradiciones propias, y por, como diría Néstor García Canclini, la marca y la mezcla de lo popular, lo culto y lo masivo. Muy difícilmente podríamos convencer a un joven de esta época -que se siente muy venezolano aunque le fascine el canal "Locomotion", MTV y el rock de cualquier parte del mundo- de que la identidad nacional tiene como lugar central de representación una literatura de una determinada época. Este joven cubre sus necesidades de información, reflexión y entretenimiento apelando al amplio menú de opciones propias de la galaxia electrónica. La palabra impresa es desplazada -lo cual no quiere decir que no tenga importancia- de su lugar central porque vivimos en un entorno de "oralidad secundaria"; es decir, privan la imagen y el sonido por sobre la letra. Y los políticos lo saben. En la Quinta República las discusiones sobre literatura no ocupan ningún lugar: es una república mediática con imágenes decimonónicas. Al ignorar la literatura -que fue tan perseguida por regímenes autoritarios en otras épocas- el Estado y la sociedad la liberan de esa suerte de obligación histórica que encendió tantas polémicas -a favor y en contra- en el siglo XX; pero, también le quitan su sitial de honor dentro del mundo social y educativo -con la consiguiente pérdida de lectores- y secan una de sus fuentes primigenias: la lucha estética como una posibilidad de trascendencia histórica, espiritual y cultural. Es decir, las luchas estéticas perdieron, no sabemos si definitivamente, la posibilidad de una amplia proyección, al estilo de los escritores del "boom" o la narrativa regionalista. 

La palabra impresa, literaria o no, tiene que compartir su antes solitario lugar con las prácticas propias de los medios y de la informática. No es de extrañar que escritores, profesores, editores, promotores culturales, estudiantes y aficionados en general se sientan desbordados por esta circunstancia, pues si bien es cierto que el número de potenciales lectores ha crecido y que cada día se publican más libros, el hecho es que la galaxia electrónica se ha tragado a la galaxia Gutenberg por la ley del mínimo esfuerzo. La lectura es la operación intelectual más compleja dentro de las posibilidades del cerebro humano (más aún que el razonamiento matemático) porque significa traducir un conjunto de signos abstractos a sus sentidos posibles dentro de determinados contextos. Requiere, pues, de una larga preparación y del cultivo de ciertas aptitudes, a diferencia de muchas de las prácticas de consumo cultural propias de los medios. Además, la lectura literaria contradice abiertamente el tipo de atención y percepción que nuestra vida audiovisual e informática estimula: los nacidos después de 1960, por no hablar de los más jóvenes, miramos el mundo de un modo marcado por la intensidad, la superficialidad y las modificaciones constantes de la imagen televisiva, cinematográfica y publicitaria. Esta mirada ha sido potenciada a fondo por el ciberespacio, que exige velocidad, ojeadas instantáneas y saltar de una página "web" a otra. ¿Puede leerse de este modo una novela o un poema? Por último, la cotidianidad misma atenta contra el acto solitario e íntimo de leer: el cine y la televisión se adaptan mejor a las condiciones de las grandes ciudades, en las que no tenemos tiempo para nada, la cultura se ha convertido más que nunca en un espectáculo y la tranquilidad es un lujo muy costoso.

En conclusión, de poco sirve apelar a programas de promoción de la lectura, criticar el sistema educativo, los medios de comunicación e Internet, o cuestionar el desinterés general por la literatura, si ignoramos que las sociedades han cambiado y que sus necesidades son distintas. La supervivencia de la escritura literaria depende de que sea vista, dentro del contexto que propician los medios y la informática, como una posibilidad alternativa de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo (esta apreciación merece, desde luego, un artículo aparte) y no como una obligación, una suerte de paradigma educativo o nacional o una posibilidad de salvación individual o colectiva frente a la industria cultural o el ciberespacio.

Gisela Kozak Rovero es profesora universitaria y escritora

(*) Texto tomado de Kozak Rovero, Gisela. (2002) ¿Lee usted literatura? En Verbigracia de El Universal. N# 23, Año V. Caracas, sábado 9 de marzo de 2002.

Algunas versiones en torno a los orígenes de la literatura

Historia y origen de la literatura

Al remontarnos al origen de la literatura, lo primero que debemos tener en cuenta es que no coincide con el origen de la escritura. Los escritos más antiguos del mundo (como los textos sumerios o algunos jeroglíficos egipcios) no pertenecen a la literatura.

Es evidente que, para seguir avanzando con la historia literaria, es necesario definir qué es la literatura. A falta de una definición precisa, suele decirse que la literatura es un conjunto de saberes relacionados con el arte de la gramática, la retórica y la poética. La literatura, por lo tanto, no es sólo saber escribir.

Muchas narraciones se transmitieron en forma oral entre distintas generaciones, aunque tardaron siglos en plasmarse por escrito. Se considera que uno de los primeros textos literarios, o al menos del que aún quedan registros escritos, es el Poema de Gilgamesh. Se trata de una narración de origen sumerio que fue grabada en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme, cuya primera versión se remontaría al año 2.000 A.C.

La mayoría de los textos sumerios fueron fijados en tablillas de barro y luego se hicieron diferentes copias. Además de Gilgamesh, otros reyes que formaron parte de la literatura épica de la época fueron Enmerkar y Lugalbanda.

La literatura china, por su parte, se inició hace más de 3.000 años. Aunque es posterior a la sumeria, se supone que, hasta el siglo XVII, se habían escrito más textos en China que en el resto del planeta.

Por último, cabe destacar que la literatura en español se remonta al siglo X, con las Glosas Emilianenses, un texto escrito en formas románicas españolas pero que no cuenta con carácter literario. Al siglo siguiente surgieron las Jarchas, breves composiciones líricas de carácter amoroso.

Tal vez el texto fundacional de la literatura en español, por su importancia, sea el Cantar de mío Cid. Aunque es un cantar de gesta anónimo, el manuscrito más antiguo ha sido firmado por Per Abbat.

Para analizar las características de la literatura, primero hay que tener en claro a qué se refiere dicho término, que proviene de la palabra latina litterae. La literatura es un concepto relacionado con el arte de la gramática, la retórica y la poética; por eso, su origen latino hace referencia al conjunto de saberes para escribir y leer bien.

Podemos afirmar que la literatura es aquel arte cuyo medio de expresión es la lengua. Por lo tanto, es importante tener en cuenta que el origen de la escritura no supuso el nacimiento de la literatura. Por el contrario, los escritos más antiguos de los que se tengan registros no son literarios.

Aunque es imposible establecer un único texto pionero de la literatura, una de las primeras obras literarias es el Poema de Gilgamesh, una narración de origen sumerio cuya primera versión data del año 2.000 A.C.

El ruso Roman Jakobson planteó que la especificidad de la literatura está en su forma: esa es la diferencia entre un texto literario y otro discurso. Una de las características de la literatura es su función poética, la capacidad del lenguaje para llamar la atención sobre sí mismo. Por eso, la literatura utiliza expresiones por su naturaleza estética, que producen placer o son agradables al lector.

Otra característica propia de la literatura es que apela a un lenguaje trascendente y estilizado. El lenguaje cotidiano, en cambio, está destinado al consumo inmediato y no perdura.

Dentro de la literatura, pueden reconocerse distintos géneros, que son modelos de estructuración formal y temática. Un género funciona como una categoría o grupo, que permite clasificar a un texto según su contenido. De esta forma, un relato pertenecerá a cierto género según diversos criterios semánticos, sintácticos, discursivos y fónicos, entre otros.

Más allá de los límites que puedan establecerse en teoría, las diferencias entre cada género y cada subgénero son difíciles de fijar e incluso varían con el tiempo.

Hace un tiempo nos preguntamos qué es la literatura y llegamos a la conclusión de que se trataba de un arte cuyo medio de expresión es la lengua. Claro que el lenguaje literario difiere de la lengua de uso cotidiano, ya que se trata de un lenguaje estilizado y trascendente que busca la perduración.

También nos interrogamos acerca del origen de la literatura y descubrimos que no coincide con el origen de la escritura. La literatura no se limita a saber escribir, sino que implica saberes relacionados con la gramática, la retórica y la poética. Hubo un amplio desarrollo cultural desde las narraciones orales hasta el testimonio escrito más antiguo del que se tenga registro: el Poema de Gilgamesh.

Ya sabemos qué es la literatura y cuándo se originó… es un buen momento para analizar cuáles son sus funciones. Por supuesto, la teoría literaria se ha explayado sobre estos asuntos en forma mucho más completa y precisa de lo que podemos hacer en estas breves notas.

A modo de aproximación, podemos comenzar con la enumeración de tres funciones: la evasión, la catarsis y el compromiso.

La evasión aparece con la intención de apartarse de las circunstancias de la vida. Es, según los especialistas, una fuga del Yo en busca de una distancia de la realidad.

La catarsis a través de la literatura, en cambio, consiste en la exteriorización de las emociones y los pensamientos. El escritor expone su interior y, de esta forma, puede liberarse.

En cuanto al compromiso, surge cuando el autor se propone la transformación del mundo a través de sus textos. La literatura permite denunciar los problemas sociales, políticos y económicos, con lo que ayuda a concienciar a la población y aparece como un instrumento de cambio.

Por último, podemos mencionar a quienes hablan del arte por el arte. En este caso, la literatura aparece como una herramienta estética, que busca entretener y causar placer a través de la belleza de su expresión.

El origen de la literatura

A falta de mejores evidencias, podríamos imaginarnos que las primeras manifestaciones literarias de la humanidad, por su simplicidad, debió ser el cuento. Cualquier otro género como la lírica o la composición de himnos, oraciones, ruegos o alabanzas dirigida a los dioses, demandó mayor complejidad. El cuento oral debió nacer alrededor de una hoguera cuando nuestros más remotos antepasados comenzaron a imaginar situaciones a partir de sus propias experiencias.

Esta es una opinión ya esbozada por Vladimir Nabokov en su “Curso de Literatura Europea” cuando aseguraba que la literatura no nació el día que un chico llegó corriendo del valle de neandertal gritando “el lobo, el lobo”, con un enorme lobo gris pisándole los talones, sino que la literatura nació el día que un chico llegó gritando “el lobo, el lobo”, sin que le persiguiera ningún lobo”.

De esta manera, la Literatura nace asociada a la capacidad de nuestros antepasados para inventar situaciones a partir sus propias experiencias, que fueron seguramente trasmitidas de generación en generación hasta convertirse en cuentos y más adelante en mitos que buscaban explicar la realidad. La persistencia de los mitos se mantiene en realidad hasta alrededor del año 600 a. C cuando en Grecia se inventa una nueva manera de pensar con el nacimiento de la filosofía.

Una parte importante en la experiencia del hombre de las cavernas cuaternario debió constituir la presencia traumática de fenómenos naturales que se situaban más allá de toda compresión de los primeros hombres de las cavernas. La lluvia, la alternancia de sol y de la luna, los cambios de la naturaleza o simplemente la presencia de fuego en algún árbol incendiado por la acción impetuosa del rayo, debieron constituir fenómenos aterradores que fueron posteriormente reverenciado como dioses, dando nacimiento en su forma más acabada a la mitología.

El asombro frente a lo que no se comprendía y la necesidad de explicarlo debieron ser una de las primeras actitudes del hombre frente a la naturaleza. Sin embargo, todo ese remoto pasado no puede ser más que imaginado.

Sin embargo, es el arte mural el que, por su grandiosidad, continua acaparando la atención del especialista y la admiración universal.

Las primeras formas reconocidas de algún tipo de escritura inventada por el hombre fueron representaciones pictóricas, de manera que la pintura viene a ser el antecedente más remoto de la escritura sirviendo, en este caso, como un eslabón perdido entre la literatura, tal como la conocemos, y la prehistoria de la humanidad.

Para muchos, la función de estas pinturas encontradas en remotas y a veces inaccesibles cuevas, debía estar vinculada a rituales mágico-religioso. Este tipo de vinculación entre literatura y religión se van a mantener en las primeras manifestaciones literarias de la humanidad trasmitidas en forma de mitos. Son numerosos los escritos encontrados en hallazgos arqueológicos que representan salmos, himnos, alabanzas o simplemente la visión cosmogónica de pueblos antiguos, expresados en un lenguaje literario y claramente dirigidos no a un receptor individual sino a los hombres en general.

Las primeras manifestaciones claramente literarias de las cuales se conservan testimonio, van a ubicarse en Mesopotamia, región situada principalmente en lo que modernamente ocupa la República de Irak.


Fuente consultada: Wikipedia. 


Origen de la literatura

¡Hijo del príncipe, a la salida del santo mar, tú eres todo irradiación [... ]
saliendo de la montaña a las santas ordenanzas en el amplio interior [...] del Abzu,
en el sublime Kiur, vasta morada de [... ]
aportando un vivísimo resplandor fuera de las profundidades, con trazos que inspiran terror
tú estás allí levantando la cabeza hacia tu buen destino, tu grandeza, tu sublimidad,
tú avanzas majestuosamente hacia el destino que va a ser(te) fijado:
el gran Ante ha dado, sin restricción alguna, tu realeza sobre el cielo y tierra,
Enlil ha hecho desplegar para ti una sublime naturaleza divina;
sin embargo, para que tú puedas abandonar majestuosamente la onda
inferior, según el destino decretado, la buena tierra, buen mar,
ha sido Enki, desde el interior del santo mar, quien la ha situado bajo tus pies.
Enlil te ha creado con la majestad y la cualidad de en,
Nanna, tu «creciente» es llamado «creciente del séptimo (día)»;
Enlil ha nombrado para ti en cielo y tierra tu nombre, un nombre santo,
hijo de príncipe, él ha hecho desplegar tu grandeza en cielo y tierra.
La sublime asamblea te ha hecho presente de su todo poderío divino,
sin embargo Enki, desde el santuario de Eridu, había decretado para ti tu destino de en, tu majestad;
desde el sublime Abzu del santuario de Eridu, dada tu gran cualidad de en,
el rey de cielos y tierra ha hablado, dada tu grandeza, en el [... ] Nanna, él ha decidido que tu cabeza
sobrepase a los Anunna.
Dotado de sus ordenanzas sagradas, que alegran el corazón, tú habitas una morada santa;
a los grandes dioses él los invita dignamente al sacrificio,
se sitúan para la distribución (de las raciones) con el corazón lleno de gran satisfacción:
él dio ofrendas que alegran el corazón a los dioses. Tú habitas un lugar sublime, un lugar santo,
Nanna, tú habitas un lugar santo, una mansión santa,
Enki consagra para ti la morada, hace esplendorosa para ti la morada,
santifica el cielo, hace brillar a la tierra,
dirige para ti hacia el cielo al Ekishnug al, el «templo bosque de cedros»,
tu sublime morada; hace para ti un lugar santo, fundamento de cielo y tierra
ordena para ti las reglas y los sublimes ritos de purificación [...],
[...] tu horno, hace brillar para ti la mesa en un lugar santo,
[...] su cena, tu cena y tu almuerzo,
[...] dispone para ti
Ha santificado para ti los ritos de purificación, los ha hecho resplandecer para ti,[1]


El anterior es uno de los textos ¿literarios? más antiguos, pero no podemos afirmar, ni mucho menos, que sea el primero. Sin duda existe ¿literatura? anterior a él pero no conservamos testimonios escritos.

Algo parecido o relacionado con la literatura es lo que encontramos en las pinturas rupestres, en las que el hombre representaba escenas de caza, por ejemplo, bien para relatar cómo se había desarrollado esa cacería, bien para “rogar” a la divinidad pertinente tener suerte en las que habrían de llevarse a cabo.


Pinturas rupestres, cueva de Lascaux, Dordoña, Francia

Estas pinturas rupestres son textos narrativos en muchos casos, de lo cual no cabe duda. Ahora bien, no las consideramos literatura, ya que no utilizan como código el lenguaje. Parece lógico pensar que mientras el brujo o el jefe de la partida de caza de la tribu pintaba las paredes de la cueva, o “dictaba” al artesano pintor lo que había de dibujar, iría relatando los hechos reales o imaginarios, reales o deseados. Ese relato sí podríamos considerarlo más cercano a la literatura, pero de él sólo conservamos su testimonio pictórico.

¿Entonces cuándo podemos empezar a hablar con propiedad de literatura?Para ello deberemos esperar a la aparición de la Historia, es decir, de la escritura, lo que sucederá en Mesopotamia en torno al 3000 a. C. con la escritura cuneiforme al parecer inventada por los sumerios y cuya técnica será utilizada por la lengua acadia y las que de ella derivan (asirio y babilónico), pero también por otras lenguas como el egipcio, hitita, persa, etc…

Pero el problema del comienzo de la literatura no lo resolvemos simplemente estableciendo la fecha del comienzo de la escritura, ya que se pueden escribir muchas cosas y no todas son literatura. Gran parte de los primeros textos conservados son oraciones, himnos –como el que veíamos más arriba- o códigos jurídicos, como es el caso del Código de Hammurabi, el más antiguo conservado y en el que aparecen las leyes que el  dios Soldictó a Hammurabi, rey de Babilonia (curiosamente, algo parecido le sucede a Moisés en la Biblia con los Diez Mandamientos. ¿Acaso será todo lo mismo? Ya veremos). Estos textos no son verdaderamente literarios, ya que les falta, entre otras cosas, la intencionalidad artística.

El que es considerado el primer texto literario es el Poema de Gilgamesh, escrito alrededor del año 2000 a.C. en caracteres cuneiformes y del que se conservan 12 tablillas de arcilla. Aunque es una obra muy incompleta y que conservamos en muy variadas versiones, en ella podemos encontrar ya algunos temas que serán recurrentes en la historia de la literatura, cómo es la búsqueda de la inmortalidad y del sentido de la vida y del dolor humano, el viaje aventurero e incluso la referencia a un diluvio que inunda la tierra (otra vez, qué curioso, vuelve a aparecer en la literatura mesopotámica un episodio que también encontraremos en la Biblia. ¿Por qué será?) . Se trata de un texto que, aunque tiene mucho de leyenda y de mitología, por supuesto, podemos ya considerar plenamente literario.

En definitiva, podemos decir que entre el 3000 y el 2000 a. C. se inicia la literatura tal y como la entendemos hoy en día. A partir de esa fecha irán apareciendo obras literarias en Mesopotamia, Egipto, Asia Menor, India, Palestina, China, etc.

Fuente consultada: José María González-Serna Sánchez. Introducción a la historia de la literatura, documento en línea, disponible en http://bibliotheka.org


[1]  "Himno sumerio." Enciclopedia® Microsoft® Encarta 2001. © 1993-2000 Microsoft Corporation.
Reservados todos los derechos.


Origen del cuento

El cuento emergió hace miles de años de una tradición transmitida de boca en boca. Durante algún tiempo esta materia narrativa, aunque escrita, mantuvo sus características orales. Después la encontramos enredada con otros géneros: la historia, la mitografía, la poesía, el drama, la oratoria, la didáctica. Sus formas son innumerables: el mito, la leyenda, la fábula, el apólogo, la epopeya, el chiste, el idilio, la anécdota, la utopía, la carta, el milagro, la hagiografía, el bestiario, el caso curioso, la crónica de viaje, la descripción del sueño, etc. Estas formas que encontramos en los orígenes del cuento se continúan en tiempos modernos y aún contemporáneos. 

Vayamos primero a los orígenes históricos: en el Cercano Oriente, Egipto, Israel, Grecia, Roma, India, China, etc.

En todas las literaturas se distinguen dos momentos: Primero, cuando el cuento se mezcla con funciones narrativas tales como la historia, la mitografía, la epopeya, el drama, la poesía elegíaca, la oratoria, la epistolografía, la erudición, etc. Y segundo, cuando el narrador adquiere conciencia de estar escribiendo cuentos autónomos con vistas a un género independiente. En la literatura griega, por ejemplo, hay un momento en que  el cuento aparece como mera digresión en la Historia de Herodoto; y otro momento en que el cuento se recorta con redonda unidad, como en Luciano.

Para leer los primeros cuentos del mundo tenemos que desprenderlos, pues, de una gran masa de escritos. Una vez desprendidos observamos que, además, los cuentos se desprenden de conversaciones (Apostillas). Así como todos los seres humanos llevamos la marca de nuestro nacimiento, que es el ombligo, los primeros cuentos del mundo llevan la marca de su nacimiento, que es la conversación de donde salen. Conversadores se ponían a contar acontecimientos extraordinarios que se desviaban de la situación ordinaria en que los conversadores estaban. El cuento, en sus orígenes históricos, fue una diversión  dentro de una conversación; y la diversión consistía en sorprender al oyente con un repentino excursus en el curso normal de la vida. 

Daré unos pocos ejemplos. Las inscripciones cuneiformes en tablitas de arcilla que hace cuatro mil años celebraban las aventuras del héroe sumerio Gilgamesh, en la Mesopotamia, participaban del arte de la escritura y del arte de la conversación pues más que para ser leídas esas tablitas servían para que los recitadores les echaran una mirada y luego improvisaran adaptando el relato al público del momento, sea con omisiones, sea con añadidos. En esas conversaciones, uno de los temas solía ser, precisamente, el de la conversación. Gilgamesh, en busca de la inmortalidad, visita al viejo Utnapishtim. Conversan, y de pronto Utnapishtim le cuenta cómo, avisado por un dios, había construido un arca, en la que se salvaron, él y sus animales, cuando sobrevino el Diluvio universal. Todos conocen por la Biblia el mito del Arca de Noé y el Diluvio; pero su primera versión  fue el cuento con que Utnapishtim divirtió a Gilgamesh, en una conversación.



Otro ejemplo. Los jeroglíficos sobre rollos de papiro, en Egipto, solían describir una situación en la que varios personajes, al conversar,  contaban cuentos. En un papiro de hace cuatro mil años, encontramos una conversación entre el rey Khufu (o Keops) y sus hijos. El rey está aburrido y los hijos lo entretienen, uno tras otro, contándole cuentos de maravillas. Otro ejemplo. En Homero (siglo IV a. C.), además de las aventuras que surgen directamente de la acción hay escenas en que los personajes, alejados de esa acción, se ponen a conversar. Así, conversando en el palacio de Alcinoo, cuenta Odiseo sus aventuras con los Cíclopes, con Circe, con las Sirenas, con Calipso. Acaso sea Luciano de Samosata (ca. 120-200 d. C.) el primer escritor de quien pueda decirse que fue consciente de que el cuento era un género independiente. Por eso es sintomático su diálogo Toxaris o de la amistad, donde oímos cómo los cuentos se van desprendiendo  de una conversación. Dialogan el griego Mnesipo y el escita Toxaris sobre en cuál de sus respectivas patrias se cultiva mejor la amistad. Cada uno cuenta  cinco ejemplos contemporáneos  de lealtad entre amigos. El diálogo, pues, es un mero marco: lo que vale son los cuentos. En la literatura latina las dos obras maestras de prosa narrativa –el Satiricón de Petronio (siglo I d. C.) y El asno de oro de Apuleyo (siglo II d. C.) –enmarcan en conversaciones varios cuentos de altísimo mérito artístico. En el Satiricón un personaje, Eumolpo, está conversando y de repente le viene a la boca el cuento de la viuda de Efeso. En El asno de oro la doncella Carita está quejándose de su desdichado cautiverio y una vieja,  para divertirla, le cuenta la historia de Cupido y Psique. En la literatura de la India hubo varias colecciones de cuentos. Una de ellos, Panchatantra –o sea, «cinco libros», compuestos probablemente entre los siglos IV a. C. y IV d. C. –,   tiene unas setenta narraciones enmarcadas en una breve introducción que cuenta cómo un viejo religioso se pone a impartir a tres príncipes ignorantes e indolentes los principios de la sabiduría práctica y lo hace mediante ejemplos.

 

Me eximo de otros ejemplos parecidos de Israel, India, China, Japón, Persia, Arabia. Ejemplos todos que pertenecen a la antigüedad; pero en las literaturas medievales y modernas, cuando el cuento ya se ha constituido en género autónomo, también encontramos los mismos procedimientos para mostrar cuentos como momentos de una conversación. En las obras literarias los armazones y marcos están simulando las condiciones de una conversación; y que en esa conversación imaginaria el cuento nos interesa con la misma fuerza con que, en una conversación real, despierta nuestra curiosidad el suceso que alguien se ha puesto de repente a contar.


Fuente consultada: Anderson Imbert, Enrique (1999): Teoría y técnica del cuento. 3era edición. Barcelona, España. Editorial Ariel, págs. 23-24.


Orígenes de la literatura: literatura oral y literatura escrita

Acá presentamos una serie de ítemes que presentan las características generales (*) que diferencian a la literatura oral y la literatura escrita.


LITERATURA ORAL

• Proviene de la cultura oral, que ha acompañado y condicionado a los seres humanos desde los inicios de los tiempos, con el desarrollo del lenguaje y la creación del mito.

• Primeras representaciones narrativas, biográficas, en verso principalmente.

• Si bien se reconoce la importancia en la literatura oral del recurso mnemotécnico, es sabido que ello no quiere decir que las primeras narraciones hayan sido la reproducción de una memoria exacta, palabra por palabra, de los cuentos y relatos, sino más bien hay que entender el recurso mnemotécnico como una manera más flexible de narrar los relatos y cuentos, sobre todo condicionado por la presencia de escuchas y audiencias concretas que exigían maneras de contar o narrar acompañadas de todos los elementos kinésico-proxémicos, entonativo-prosódicos que complementan el habla.

• Orígenes antiquísimos

• Su origen y desarrollo se remonta a la necesidad del ser humano de dar explicación a los fenómenos naturales que lo circundan: desde lo más íntimo de sí mismo hasta los hechos de la naturaleza que son diferentes y exteriores a él.

• Relacionado con los ritos, los cantos y la música, las costumbres y tradiciones de los pueblos.

• De carácter más popular que culto

• Es independiente a la escritura (prescinde de la escritura) y sus orígenes son anteriores.

• Carece de la noción de autor. Son narraciones anónimas que se basan en el conocimiento milenario de los pueblos y comunidades humanas. El autor es el pueblo, la comunidad o el conjunto de narradores orales anónimos: aedos, rapsodas, vates, poetas, juglares, cantores, bardos, bufones, trovadores; por eso se suele decir que más que autor, lo que caracteriza a la literatura oral es el autor colectivo o la carencia de autor.

• Cuando el ser humano empezó a reunirse en comunidades a partir de las relaciones de producción (agricultura, ganadería), en esas primeras aldeas surge la necesidad de hablar, de comunicarse. Allí es cuando el ser humano comienza a reflexionar sobre su alma, sobre su cuerpo, sobre los animales y seres que le rodean. Cuando se encontró con fenómenos que no podía explicar –como la muerte de un ser querido, como la caída de un rayo, o una inundación– y empieza a intentar explicárselos, porque ello le brinda tranquilidad, y se los explica –se los cuenta, se los relata, se los habla– en comunidad. En ese contexto surgen las primeras narraciones orales; en esas narraciones las acciones está motivadas por sucesos que desencadenan necesariamente ciertas consecuencias, las cuales pueden funcionar como material de enseñanza dirigido a los más jóvenes de la tribu o comunidad.

• Igualmente en esas comunidades se establece la necesidad de conservar y difundir la historia y la tradición de la comunidad, es decir, se origina la necesidad de conservar la memoria milenaria de los pueblos y de asegurar su transmisión oral de generación en generación, de boca de los más viejos a los oídos de los más jóvenes.

• Los narradores orales de los pueblos eran, por tanto, muy apreciados y el pueblo gustaba de oír las historias y composiciones orales, las cuales eran embellecidas, modificadas, complementadas de acuerdo a las características de los narradores, las exigencias de las audiencias y las distintas generaciones que le fueron agregando o quitando elementos, es decir, que fueron enriqueciendo esas historias y relatos orales.

• Las formas de composición de la literatura oral se valen de herramientas como la repetición, la creación de estribillos, la inclusión de palabras coloquiales, contracciones en la pronunciación de las palabras, la dependencia en la deixis y en los elementos deícticos del discurso comunes tanto para el narrador como para el escucha, presencia de frases y expresiones apelativas que intentan generar una reacción en el receptor que va desde la solicitud de atención hasta la invitación al oyente de que haga algo, el uso de fórmulas de tratamiento.

• El disfrute de la literatura oral se realizaba de cara a cara: los narradores orales contaban las historias y mitos primigenios directamente a los escuchas que atentamente atendían y percibían todos los sistemas de códigos y señales que acompañan y complementan a la palabra.


LITERATURA ESCRITA

• Conserva de la literatura oral o de la oralidad algunos de sus rasgos, como por ejemplo, el habla coloquial y sus expresiones, los excursos o digresiones.

• Su origen está ligado a la aparición o invención de la escritura, el inicio de los primeros signos de escritura (jeroglíficos, símbolos ideográficos, etc.) transmitían información pero estaban desprovistos de contenido lingüístico directo. Posteriormente los fenicios crean un alfabeto que da origen al alfabeto arameo y al griego, y posteriormente al alfabeto latino, de los que proviene nuestra lengua española. Aunque la escritura se desarrolló como un medio para establecer relaciones de comercio, para fijar contratos y leyes, a partir de los griegos se desarrolla la literatura como tal desde la epopeya y otros tipos de composiciones escritas en verso rimado, estas seguían manteniendo relaciones con la oralidad pues eran recitadas en lugares públicos, estimadas en foros, se las relacionaba con la elocuencia y la retórica

• Con los griegos igualmente aparece el arte dramático: la tragedia y la comedia eran representadas en los teatros públicos y existían autores dedicados exclusivamente a la escritura dramática: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, entre otros.

• A los griegos también les interesó muchísimo el desarrollo del pensamiento, los representantes indiscutibles del pensamiento y del debate de ideas filosóficas son Platón y Aristóteles.

• La literatura escrita comienza por presentarse como una forma híbrida en la que la historia, la mitografía, la poesía, el drama, la oratoria, e incluso la didáctica se combinaban en las obras.

• Con la literatura escrita nace la noción de autor o autoría. También cambia la noción de escucha o receptor directo, ahora surge propiamente la noción de lector.

• También su origen se vincula con la conservación de la memoria de los pueblos cuando a estos se les hace imposible recurrir a la oralidad para asegurar la transmisión de sus costumbres y tradiciones.

• Su cultivo y difusión dependerá del acceso de los pueblos a la lengua escrita, al desarrollo de la escritura como momento de madurez de las distintas culturas y civilizaciones humanas. Por lo general la escritura surge en aquellas culturas más viejas en las que la oralidad se ha relegado a un segundo plano.

• La literatura escrita por lo general se vale de expresiones lingüísticas más elaboradas codificadas con claridad en la lengua escrita para asegurar su comprensibilidad en el lector.

• La literatura escrita también instaura una relación más distante entre escritor y lector, es decir, la posibilidad de la letra escrita prescinde de la presencia real de un narrador que directamente recite los cuentos a los escuchas, sino que estos mismos, en tanto conocedores del código escrito, podían por ellos mismos “leer” lo escrito en el soporte de arcilla, madera, papiro o pergamino.

• La creación de la escritura y con ello el origen de la literatura escrita también supuso –como por lo general sucede con el advenimiento de cualquier nueva tecnología– la segregación de aquellos que no conocían la lengua escrita, por lo cual las prácticas de lectura de las mayorías realmente estuvieron condicionadas por la interpretación que imponían aquellos que manejaban el código escrito.

• Debido a que las mayorías desconocían el código de la lengua escrita pervive durante muchos siglos la lectura en voz alta y las interpretaciones autorizadas eran regidas y establecidas por el clero, las monarquías, la aristocracia principalmente.


(*) Características basadas en el texto: Ong, Walter (2006). Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. Tercera reimpresión. Traducción de Angélica Scherp. México. Fondo de Cultura Económica.

jueves, 4 de agosto de 2011

La llama doble. Octavio Paz

El arte de empezar y el arte de acabar. Italo Calvino

Presentación sobre el apéndice El arte de empezar y el arte de acabar, incluido en edición 2010 de las Seis conferencias para el próximo milenio de Italo Calvino.

sábado, 30 de julio de 2011

Calificaciones definitivas. Electiva Taller de creación literaria. Sección 21131

En la imagen que se presenta a continuación pueden ver las calificaciones definitivas de los estudiantes de la sección 21131, inscritos en la Electiva Taller de creación literaria, durante el año 2011, primer periodo. UNERMB, Sede PPD, Los Laureles, Cabimas.

Para visualizar las notas sólo tienen que hacer clic sobre la imagen. Allí encontrarán los números de cédula de identidad de los bachilleres, y al lado derecho de cada C.I., se muestra la calificación definitiva correspondiente a cada uno.

domingo, 13 de febrero de 2011

Por qué leer los clásicos. Italo Calvino.

Por qué leer los clásicos (*)
por Italo Calvino





Empecemos proponiendo algunas definiciones.

1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo...».

Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro.
El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído.
Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo.
Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.
Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede considerarse corolario de ésta:

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.
La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos oríginales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente:

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela.
Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé.
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores. Diré por tanto:

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.

Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener que hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción.
Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y, las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo tanto:

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación.
Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de Colón en Robertson.
Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.
Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos.
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos.
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”».

[1981]


(*) Texto tomado de Italo Calvino, Por qué leer los clásicos. Barcelona. Tusquets Editores. 1992. Traducción Aurora Bernárdez