domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Lee used Literatura? (*)

Reflexión

¿Lee usted literatura?


Gisela Kozak Rovero indaga en algunas de las condiciones que enfrentan los potenciales o reales lectores, propias de un universo que se debate entre la galaxia Gutenberg y la galaxia electrónica. En un mundo donde la literatura ha perdido peso y ha sido desplazada por los medios audiovisuales, la supervivencia de la escritura depende de que sea vista "como una posibilidad alternativa de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo y no como una
obligación", concluye la escritora



Es un lugar común interrogarse por las circunstancias actuales de la lectura en general y de la lectura de literatura en particular. Universidades, organismos educativos públicos y privados, instituciones nacionales e internacionales, expertos en la materia, editores, escritores y lectores coinciden: la literatura ha perdido peso incluso en las llamadas élites de la sociedad, cuyas necesidades de ficción, imágenes y referencias comunes parecen ser mejor cubiertas por otro tipo de discurso. Mis alumnos de la Escuela de Letras son más audiovisuales que literarios; es más sencillo, en ocasiones, hallar un espacio de diálogo a través de las películas o, incluso, de los "comics" japoneses y las telenovelas, que a través de poetas, narradores, ensayistas o dramaturgos. Mi intención en estas páginas es esbozar algunas de las condiciones que enfrentan los potenciales o reales lectores, propias de un universo que se debate entre la galaxia Gutenberg y la galaxia electrónica. Esas condiciones -políticas, culturales, tecnológicas, históricas- pueden explicar, en parte, la pérdida de importancia de la literatura, sin caer en una posición catastrófica acerca del hecho de escribirla, enseñarla, estudiarla o leerla.
Comencemos con los aspectos políticos e históricos. La literatura en América Latina ha tenido que enfrentar la debacle de las grandes utopías letradas de nuestra modernidad, cuya última manifestación poderosamente internacional fue la de las polémicas intelectuales alrededor del destino de América Latina en los años sesenta. La literatura era llamada a construir la sociedad del futuro, en la que los genios de la literatura universal serían parte de la cotidianidad del pueblo liberado de las garras de los poderes de la reacción (no en balde, el primer libro que editó oficialmente la Revolución Cubana fue Don Quijote). Las posiciones de los escritores a favor o en contra de esta abierta politización de la literatura sustentaron uno de los mejores momentos de la escritura del continente a lo largo de su historia.

Décadas después, los latinoamericanos nos encontramos en democracias descalabradas por la pobreza y el enfrentamiento político. Las utopías cayeron y -como diría Jesús Martín Barbero en su definición sobre la cultura- nuestras maneras de percibir, entender, dar forma a nuestro mundo han sufrido los embates de la globalización económica, política y mediática. Ya la literatura no es vista en tanto representación privilegiada de la identidad nacional, como en el siglo XIX o en las primeras décadas del siglo XX, ni tampoco en su carácter de estrategia frente a la alienación colectiva propiciada por la cultura de masas (enfoque muy difundido en los años sesenta, en los que todavía la televisión no había cumplido ni quince años). Eso que se llamó identidad nacional tiene que vérselas como un mundo cada vez más cambiante en el que el espacio público y la palabra impresa ven mermada su importancia frente a la televisión o Internet. El imaginario de los medios propugna identidades móviles, sin mayor sentido del pasado y de la historia, cuya pertenencia a un colectivo está marcada por influencias internacionales, tradiciones propias, y por, como diría Néstor García Canclini, la marca y la mezcla de lo popular, lo culto y lo masivo. Muy difícilmente podríamos convencer a un joven de esta época -que se siente muy venezolano aunque le fascine el canal "Locomotion", MTV y el rock de cualquier parte del mundo- de que la identidad nacional tiene como lugar central de representación una literatura de una determinada época. Este joven cubre sus necesidades de información, reflexión y entretenimiento apelando al amplio menú de opciones propias de la galaxia electrónica. La palabra impresa es desplazada -lo cual no quiere decir que no tenga importancia- de su lugar central porque vivimos en un entorno de "oralidad secundaria"; es decir, privan la imagen y el sonido por sobre la letra. Y los políticos lo saben. En la Quinta República las discusiones sobre literatura no ocupan ningún lugar: es una república mediática con imágenes decimonónicas. Al ignorar la literatura -que fue tan perseguida por regímenes autoritarios en otras épocas- el Estado y la sociedad la liberan de esa suerte de obligación histórica que encendió tantas polémicas -a favor y en contra- en el siglo XX; pero, también le quitan su sitial de honor dentro del mundo social y educativo -con la consiguiente pérdida de lectores- y secan una de sus fuentes primigenias: la lucha estética como una posibilidad de trascendencia histórica, espiritual y cultural. Es decir, las luchas estéticas perdieron, no sabemos si definitivamente, la posibilidad de una amplia proyección, al estilo de los escritores del "boom" o la narrativa regionalista. 

La palabra impresa, literaria o no, tiene que compartir su antes solitario lugar con las prácticas propias de los medios y de la informática. No es de extrañar que escritores, profesores, editores, promotores culturales, estudiantes y aficionados en general se sientan desbordados por esta circunstancia, pues si bien es cierto que el número de potenciales lectores ha crecido y que cada día se publican más libros, el hecho es que la galaxia electrónica se ha tragado a la galaxia Gutenberg por la ley del mínimo esfuerzo. La lectura es la operación intelectual más compleja dentro de las posibilidades del cerebro humano (más aún que el razonamiento matemático) porque significa traducir un conjunto de signos abstractos a sus sentidos posibles dentro de determinados contextos. Requiere, pues, de una larga preparación y del cultivo de ciertas aptitudes, a diferencia de muchas de las prácticas de consumo cultural propias de los medios. Además, la lectura literaria contradice abiertamente el tipo de atención y percepción que nuestra vida audiovisual e informática estimula: los nacidos después de 1960, por no hablar de los más jóvenes, miramos el mundo de un modo marcado por la intensidad, la superficialidad y las modificaciones constantes de la imagen televisiva, cinematográfica y publicitaria. Esta mirada ha sido potenciada a fondo por el ciberespacio, que exige velocidad, ojeadas instantáneas y saltar de una página "web" a otra. ¿Puede leerse de este modo una novela o un poema? Por último, la cotidianidad misma atenta contra el acto solitario e íntimo de leer: el cine y la televisión se adaptan mejor a las condiciones de las grandes ciudades, en las que no tenemos tiempo para nada, la cultura se ha convertido más que nunca en un espectáculo y la tranquilidad es un lujo muy costoso.

En conclusión, de poco sirve apelar a programas de promoción de la lectura, criticar el sistema educativo, los medios de comunicación e Internet, o cuestionar el desinterés general por la literatura, si ignoramos que las sociedades han cambiado y que sus necesidades son distintas. La supervivencia de la escritura literaria depende de que sea vista, dentro del contexto que propician los medios y la informática, como una posibilidad alternativa de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo (esta apreciación merece, desde luego, un artículo aparte) y no como una obligación, una suerte de paradigma educativo o nacional o una posibilidad de salvación individual o colectiva frente a la industria cultural o el ciberespacio.

Gisela Kozak Rovero es profesora universitaria y escritora

(*) Texto tomado de Kozak Rovero, Gisela. (2002) ¿Lee usted literatura? En Verbigracia de El Universal. N# 23, Año V. Caracas, sábado 9 de marzo de 2002.

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