martes, 31 de diciembre de 2013

Leer por Cesare Pavese

LEER * (§)

Cesare Pavese

Es verdad que no hay que cansarse de llamar una y otra vez a los escritores a la claridad, a la simplicidad, a la solicitud para con las masas que no escriben, pero a veces también  surge la duda de que no todos sabemos leer. Leer es tan fácil, dicen aquéllos a quienes una larga familiaridad con los libros ha quitado todo respeto por la palabra escrita; pero en cambio, quien trata hombres o cosas más que libros y debe salir todas las mañanas de su casa y volver a la noche endurecido, cuando se repliega por casualidad sobre una página, se da cuenta de tener bajo los ojos algo áspero y poco común, evanescente pero fuerte al mismo tiempo, que lo agrede y lo descorazona. Es inútil decir que este último está más cerca de la lectura que el otro.

Con los libros ocurre como con las personas. Deben tomarse en serio. Pero precisamente por eso debemos cuidarnos de hacer ídolos de ellos, es decir,  instrumentos de nuestra pereza.  En esto, el hombre que no vive entre los libros, y para abrirlos debe hacer un esfuerzo, tiene un capital de humildad, de fuerza inconsciente  –la única que vale– que le permite acercarse a las palabras con el respeto y con el ansia con que uno se acerca a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la “cultura”; más aún, es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los otros, caridad hacia los otros, que es, además, la única manera  de comprenderse y amarse a sí mismo: la cultura empieza a partir de aquí.

Los libros no son los hombres, son medios para llegar a ellos; quien los ama y no ama a los hombres es un fatuo o un réprobo.

Hay un obstáculo al leer  –y siempre es el mismo, en cualquier campo de la vida–: la exagerada seguridad en uno mismo, la carencia de humildad, el rechazo a aceptar lo otro, lo distinto. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que alguien ha visto, no mucho más lejos que nosotros, pero en forma distinta que nosotros. Estamos hechos de triste costumbre. Nos gusta asombrarnos, como los chicos, pero no demasiado. Cuando el estupor nos imponga realmente salir de nosotros mismos, perder el equilibrio para encontrar otro quizá más arriesgado, entonces apretamos los dientes, pataleamos, realmente volvemos a ser niños. Pero nos falta la virginidad de éstos, que es inocencia. Nosotros tenemos ideas, tenemos gustos, precisamente hemos ya leído libros: poseemos algo, y como todos los que poseen, temblamos por este algo. Todos, sin embargo, hemos leído. Y como sucede a menudo que los pequeños burgueses respetan el falso decoro y los prejuicios de clase mucho más que los desenvueltos aventureros del gran mundo, así el ignorante que ha leído algo se aferra ciegamente al gusto, a la banalidad, al prejuicio que de él ha absorbido, y desde ese día, si vuelve a leer alguna vez, juzga todo y lo condena según aquella escala. ¡Es tan fácil aceptar la perspectiva más banal y mantenerse en ella, seguros del consenso de la mayoría! ¡Es tan cómodo suponer que cualquier esfuerzo ha terminado y se conoce la belleza, la verdad y la justicia! Es cómodo y vil. Es como creer que se está absuelto de nuestro eterno y temible deber de caridad hacia la humanidad, regalando de vez en cuando algunos centavos al mendigo. Nada haremos tampoco aquí sin el respeto y la humildad: la humildad que se abre un resquicio a través de nuestra sustancia de orgullo  y pereza, el respeto que nos persuade de la dignidad del otro, del diferente, del prójimo como tal.

Se habla de libros. Y es sabido que los libros cuanto más pura y llana sea su voz, tanto más dolor y tensión han costado a quien los ha escrito. Es inútil entonces esperar sondearlos sin responder como totalidad. Leer no es fácil. Y sucede que quien, como se dice, ha estudiado, quien se mueve ágilmente en el mundo del conocimiento y del gusto, quien tiene el tiempo y los medios para leer, muy a menudo no tiene alma, está muerto para el amor por lo humano, está acorazado y endurecido en el egoísmo de casta. Mientras que el que anhelara, como anhela la vida, este mundo de la fantasía y del pensamiento, casi siempre está aún privado de los primeros elementos: le falta el alfabeto de cualquier lenguaje, no le sobran tiempo o fuerzas, o, peor aún, está desencaminado por una preparación falsa, casi una propaganda que le obstruye y desfigura los valores. Cualquiera que afronte un tratado de física, un texto de cómputos, la gramática de una lengua, sabe que existe una preparación específica, un mínimo de nociones indispensables para sacar provecho de la nueva lectura. ¿Cuántos se dan cuenta de que es necesario un bagaje técnico análogo para acercarse a una novela, una poesía, un ensayo, una meditación? Y además, que estas nociones técnicas son inconmensurablemente más complejas, sutiles y evasivas que aquellas otras, y no se encuentran en ningún manual y en ninguna biblia? Todo el mundo piensa que un cuento, una poesía por el hecho de no hablar al físico, al contador o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, son naturalmente accesibles a la atención humana corriente. Y éste es el error. Una cosa es el hombre, otra los hombres. Pero por otra parte es una torpe leyenda el considerar que los poetas, narradores y filósofos se dirigen al hombre así en absoluto, al hombre abstracto, al Hombre. Ellos hablan al individuo de una determinada época y situación, al individuo que siente determinados problemas y busca a su manera su solución, también y sobre todo cuando lee novelas. Para entender las  novelas será necesario entonces situarse en la época, y plantearse sus problemas; lo cual quiere decir antes que nada, en este campo, aprender los lenguajes, la necesidad de los lenguajes. Convencerse de que  si un escritor elige ciertas palabras, ciertos tonos y giros insólitos, tiene por lo menos el derecho de no ser inmediatamente condenado en nombre de una lectura anterior donde los giros y las palabras eran más ordenados, más fáciles o, solamente, diferentes.  Este asunto del lenguaje es el más vistoso pero no es el más urticante. Ciertamente todo es lenguaje en un escritor que sea tal, pero basta precisamente con haber comprendido esto, para encontrarse en un mundo de los más vivos y complejos, donde la cuestión de una palabra, de una inflexión, de una cadencia se transforma de pronto en un problema de costumbre, de moralidad. O, sin más, de política.

Que esto sea suficiente entonces. El arte, según dicen, es una cosa seria. Es, por lo menos,  tan seria como la moral o la política. Pero si tenemos el deber de acercarnos a estas últimas con esa modestia que es búsqueda de claridad  –caridad para con los otros y dureza para con nosotros– no se  ve con qué derecho, delante de una página escrita, olvidamos que somos hombres y que un hombre nos habla.     


*  Artículo  Leer, publicado originalmente en  “L´Unitá” de Turín, el 20 de junio de 1945.


(§) Tomado de Pavese, Cesare (1975). Literatura y sociedad. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte. Págs. 11-14.